la obra

La Piccola Valle di Dio

Tipo: romanzo
Lingua: italiano
Anno: 1948
Editore: Vallecchi
Luogo: Firenze

Descripción:

De la edición de CIA. GENERAL DE EDICIONES, S.A. MÉXICO. 1956.

Escribí EL VALLE DE DIOS en el año de 1948, inmediatamente después de la difícil esperanza y antes de aquel período de intenso trabajo que debía permitirme dar juntos a la estampa LE BAL DES ÉGARES (no traducida aún al español), EL JUEGO y EL CIELO Y LA TIERRA. Dentro de la totalidad de mi obra, considero este libro como un paréntesis poético en el que habría que participar personalmente más que de costumbre. Al evocar la atmósfera, el clima, en que fue concebido y escrito, he tratado ya de explicarme al respecto en las dos advertencias que proceden a las dos ediciones francesas de este libro (al que no me atrevo a llamar novela). “Este libro –escribía- ha nacido en el resplandor de un verano italiano en una de la regiones más ariscas y más antiguas de mi país, en el Alto Tíber; nació entre el incesante canto de las cigarras, el olor del heno y de los prados, la tierra agostada, el mágico olor que tienen allá los caminos del campo, cuando el sol hiere la tierra y la hace temblar; en las grandes noches claras, cuando la luna recorre el cielo paralelamente al cortejo de los cipreses y de las colinas; en el murmullo del agua que desciende de la montaña, bajo el sol que abrasa las piedras, y, de noche con una dulzura tal que aquel murmullo nos impide dormir y nos sume en una languidez agotadora; en fin, en una región y en una época que me condujeron a las más escondidas fuentes de mí mismo”. Y continuaba confesando el reposo que había encontrado escribiendo un libro de aquel género, en el que no tenía más que seguir los movimientos de mi corazón. “Para los que somos italianos, pensar es un acto que fatiga infinitamente, por lo que contraría nuestra naturaleza. Se nos ha enseñado, en el curso de nuestra historia, a pensar y a vivir según una lógica que nos es ajena y que nos ahoga; nuestra lógica es la que siguen revelando los grandes ojos de nuestros padres etruscos, tal como están pintados en los objetos que un pasado menos cruel que los hombres sigue mostrándonos: la lógica de la magia, del destino, del amor. Además, tenemos un Cristo propio”.
Invito a mi lector de habla española, y de una manera particular al lector mexicano, a meditar esas palabras, sobre todo las últimas; quizá encuentren un eco en sus propios sentimientos. No estamos tan alejados el uno del otro –él mexicano, yo italiano- como la geografía querría hacérnoslo creer; a mí me parece que, por el contrario, estamos muy próximos, especialmente en esa actitud de rechazar la lógica y la organización racional del mundo. ¿Acaso no es por eso por lo que he aceptado la proposición de la Compañía General de Ediciones y he autorizado la versión castellana de un libro del que –no podría decirse si desgraciada o afortunadamente- me han apartado mucho el tiempo y los acontecimientos de mi vida? Pues, hoy día, en un tiempo tan estragado como el nuestro, esas viejas páginas escritas con tal ímpetu de entusiasmo juvenil llegan a parecerme a veces un poco pueriles y fuera de tiempo; sin embargo, puedo contemplarlas con verdadero e incluso risueño enternecimiento. Tengo la impresión de que el lector de habla española, y el lector mexicano sobre todo, sabrás compartir mi estado de ánimo.
En la advertencia que escribí para la segunda versión francesa de este libro, añadía algunas palabras que me complazco en poner particularmente ente los ojos de mi lector mexicano. “Escribo estas líneas –decía- en México, donde vivo actualmente en espera, hay que decirlo, de esa mañana en que haya de precipitarme al aeropuerto para meterme en el primer avión que salga para París (cuando se me haga demasiado vehemente la nostalgia); las escribo, digo, en una tierra en la que, por absurdo que pueda parecer, he encontrado, llevadas hasta el extremo, la dulzura y la violencia que siempre he sentido latir en las venas de mi país. ¿Sería posible que, al volver a mis orígenes, a mi instinto, a mi sangre, pueda a rechazar yo la alta lección de equilibrio que me diera Francia? De ninguna manera. Por el contrario, esta magnífica intensidad en que me encuentro sumergido me ayuda a comprender mejor lo equívoco de la creencia que me hacía reducir a un grito la naturaleza italiana y a un razonamiento, a un silogismo, la naturaleza francesa. ¿De qué irreductible antagonismo hablaba yo? Amo y siento con todas las fibras de mi ser este México en donde estoy, pero, si me ha sido dado sentirlo como algo que me perteneciera desde siempre, el amor que he puesto en él me ayuda, por el contrario de lo que pudiera suponerse, a comprender mejor hasta qué punto existe un espíritu europeo, espíritu en el que el cerebro francés y el corazón italiano, lejos de oponerse, componen y realizan una unión tan maravillosa en su fruto como digna de ser cultivada y venerada.”
Hoy no puedo hacer más que confirmar esas palabras que yo escribiera en el mes de agosto de 1953, tres meses después de mi primera llegada a esta tierra mexicana. Empero, si tuviera que escribirlas hoy, hablaría, más que de espíritu europeo, de espíritu occidental, y haría participar de este espíritu, en toda su extensión, a ese mundo latino-americano que ahora conozco mucho mejor de lo que pudiera conocerlo entonces. Esto da prueba de hasta qué punto mi estancia en México no ha sido un paréntesis; en otras palabras, la nostalgia no ha llegado nunca a ser tan vehemente que me obligara, como yo preveía entonces, a saltar al primer avión que partiera hacia Europa; eso no porque Europa haya dejado de hablarme al corazón, sino porque la voz de la tierra mexicana no ha sido nunca menos vehemente para mi oído.
Por otra parte, me parece que estas consideraciones constituyen una extrañísima manera de presentar un libro; se me perdonarán, sin embargo, al pensar que, a fin de cuentas, es más importante presentar el hombre que soy que los libros que escribo. Lo que quería decir es que este libro antiguo y perfumado de tierra –de mi tierra toscana- deberá hablar más al corazón que a la inteligencia de mis lectores de aquí; que sepan apreciarlo como una flor que les ofrezco, sin hacer demasiadas preguntas en cuanto a su origen, a su naturaleza, a sus designios.





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La Petite Vallée du Bon Dieu - 1949

Lingua: francés
Editore: Triolet
Luogo: París
Traduttore: Henriette de Ganay del Italiano
Commenti: Avertissement de l’Auteur

Het Kleine Dal Gods

Lingua: Holanda
Editore: H.J. Becht
Luogo: Amsterdam
Traduttore: Herman van der Bergh del Italiano

La Petite Vallée du Bon Dieu - 1954

Lingua: francés
Editore: Du Rocher
Collezione: les Palmes
Luogo: Monaco
Traduttore: Herman van der Bergh del Italiano
Commenti: préface de l’Auteur

The Little Valley of God - 1956

Lingua: inglés
Editore: W Heinemann
Luogo: London, Melbourne, Toronto
Traduttore: Campbell Nairne
Commenti: Wrapper desing by Antony Lake

El Valle de Dios - 1956

Lingua: español
Editore: Cía Gral de Ediciones
Collezione: Ideas, Letras y Vida
Luogo: México
Traduttore: Blanca Chacel del francés
Commenti: prólogo del autor

The Little Valley of God - 1957

Lingua: inglés
Editore: Simon and Schuster
Luogo: New York
Traduttore: Campbell Nairne del Italiano
Commenti: Jacket by Sam Fischer

O Vale de Deus

Lingua: portugues
Editore: Livros do Brasil
Collezione: Miniatura
Luogo: Lisboa
Traduttore: Paulo António
Commenti: prefácio do Autor